El cuaderno en blanco.

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Hoy vuelvo a escribir después de mucho tiempo.

A mi favor, te confesaré que a diario vuelan por mi mente miles de pensamientos que ilusiono con plasmar en un papel, de un modo u otro, pero finalmente solo quedan en eso, en un simple intento que nunca se produce. Y qué rabia, porque cada día podría componer una reflexión de todo lo que corretea por esta cabecita loca: sentimientos, dudas, miedos, ilusiones, fantasías y un largo etcétera de conversaciones internas, espontáneas, que hacen que no me sienta sola con mis emociones.

La mente, ese motor que no cesa. Ese confidente tan profundo, ese refugio que cada cual moldea a su antojo. La mano que te ayuda y te empuja a lo anhelado… O tal vez, te agarre fuerte y te fuerce a tropezar con la misma piedra, una y otra vez.

La mente, qué tendrá… Esa voz que te acompaña y te aturde, te acuna y te revuelve; la misma que te hace volar a otros mundos y te devuelve a la realidad en un espasmo. La mente, fiel compañera, cruel enemiga. La cara y la cruz, la cal y la arena, el blanco y el negro, el ruido y la paz. Su poder infinito, su giro inesperado, su autonomía, su dependencia. Vocecita incansable que opina sin ser citada para ello. Firme, audaz y mandona; adormecida y caprichosa. Caballo indomable, laberinto sin salida; cielo abierto en la oscuridad. Qué tendrá…

Creo que empecé mal este post, quizás no sea del todo cierto eso dije, porque realmente no ‘llevo tiempo sin escribir’. Lo retiro. Quizás todo lo que pienso lo haya escrito en mi mente, ese cuaderno en blanco que siempre tenemos a mano. Porque la mente, muchas veces, es ese cuaderno en blanco preparado para ser borrajeteado una y otra vez con lo que reflexionamos sin cesar. El blog interior de cada cual, en ocasiones, difícil de formatear. El mensaje que pensaste y no escribiste. El manuscrito tallado golpe a golpe con esfuerzo. El papiro cuidadosamente encuadernado a nuestro antojo. La caligrafía que nos define y nos hace ser tal y como somos.

Comparte lo que escribes día a día en tu mente. Comparte el Best Seller de tu vida. Porque lo que escribes en ella -lo que pasa dentro de ella- es maravilloso y seguramente la gente que te quiere no quiera perderse ni un solo capítulo de la gran novela de tu vida.

La viñetas grises.

libertad

El color gris puede tener muchas connotaciones.

Confieso que en primera instancia solo simpatizo con el color gris cuando lo asocio a una prenda de ropa, porque la ropa gris es bonita.  La ropa gris nos aporta un toque sobrio, casual, juvenil, combinable…

Pero… ¿qué hay de las cosas grises? Cuando decimos que algo es gris, posiblemente pensemos que ese algo es: turbio, frío, difuso, complicado, triste…

Ésto es injusto, ¡el gris no merece ser menospreciado de este modo! Por lo que, si me lo permites, dedicaré estas palabras a romper este mito.

(Y aunque lo que te cuento a continuación haya ocurrido hace ya casi dos meses, no podía abandonar esta reflexión en el cajón de sastre de mi PC.)

A lo largo del pasado semestre, en cada una de las clases de una de las asignaturas que impartí en la PUCESD, terminaba con la proyección de una frese o cita de autor que invitase a la meditación entre los/as alumnos/as. Aquellas fotos, cuidadosamente seleccionadas en su momento, clausuraban cada una de las clases de martes y viernes con mensajes positivos, reflexiones, proverbios remotos, filosofías de vida, etc.

Proyectadas al finalizar y siempre bien recibidas, se convirtieron en rutina y, la verdad, daba gusto poder comprobar el efecto que cada una de estas creaban en los pupilos. Era emocionante, era “el momento” de la clase.

Cuando llegó el día de despedirse, quise tener un pequeño detalle con ellos/as y hacer una recopilación de estas viñetas -‘robadas’ y/o tomadas prestadas por el ciberespacio- y así poder regalarles un documento impreso en el que apareciesen todas. Fui seleccionando una por una y finalmente extraje el documento deseado.

Pero ¿cuál fue mi sorpresa? Aquellos momentos ‘estelares’ de todo un semestre, se redujeron a un puñado de simples viñetas en escala de grises maquetadas en un documento Word. Qué pena, aquellas reflexiones cargadas de emociones en cada uno de sus contextos, en ese momento, daban forma a un documento insulso e irreverente, formado por viñetas heterogéneas y descompasadas en blanco y negro. Viñetas grises, que ya no hablaban por sí solas.

Ese es el problema, en que a veces nos empeñamos en interpretar las cosas por sí solas, de forma independiente y sin ir más allá. En este caso, aquel documento no era una simple relación de fotos o citas sinsentido superpuestas en un papel ¡qué bah!. Sin lugar a dudas, era el símbolo de otras muchas cosas: de conversaciones, de emociones, de sentimientos, de vivencias y, en definitiva, de recuerdos significantes en una determinada etapa de la vida.

Y es que los recuerdos no merecen ser maquetados en nuestra mente de forma aislada, sino que deben ser transformados en una conglomeración de instantes infinitos que concluyan en un sentimiento.

El antifaz morado.

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Hay algo que te tengo que contar:

En la habitación donde ahora duermo no hay persianas (ese instrumento que ha sido tan insignificante en mi vida a lo largo de veinticinco años, pero el cual, desde hace dos meses a esta parte, considero útil e indispensable). Lo que si que tengo en mi habitación es una ventana gigante que se extiende de lado a lado de la pared. ¿Existirá una persiana de ese tamaño?… El problema no creo que sea ese, el problema es que en Ecuador no hay persianas (ese instrumento deseado).

No tengo la intención de menospreciar mi cuarto. Éste es luminoso, espacioso, con una cama en la que si lo deseo puedo hasta perderme; un armario amplio y todas las comodidades habidas y por haber.

Ante esta situación he sido práctica. Muy práctica. Algo que me parecía que iba a ocasionar que mis veladas nocturnas (entre las sábanas) fuesen interrumpidas antes de tiempo finalmente no ha resultado ser un problema y sólo se quedó en nada más que en eso, en una simple apreciación.

Por un momento pensé que debería comprar un antifaz (a lo estrella de Hollywood) pero no un antifaz cualquiera, sería un antifaz morado. Muchas veces lo he pensado y no es broma… inconscientemente me imaginaba postrada en la cama con el antifaz morado en mi rostro, mientras yo seguía dormida horas y horas; las nubes pasaban, el sol se postraba y el día comenzaba a deslumbrar al resto del barrio sin mesura… pero a mí no ¡A MÍ NO!

No tengo ningún antifaz morado (ni rosa, ni púrpura, ni celeste, ni amarillo y creo que nunca lo tendré…). El antifaz morado solo está en mi mente. Como algo que tal vez quise tener, pero que en realidad yo sabía que nunca tendría. Como algo que en algún momento pasó por mi cabeza, pero no permaneció ni caló lo suficiente como para hacerse efectivo.

En ocasiones nos esforzamos en poner barreras ante acontecimientos puntuales que nos ocurren. En poner persianas donde no las hay, en poner antifaces morados en nuestra mirada, en poner remedios infalibles a hechos que ni siquiera nos afectan realmente.

Así que yo he decidido que en mi habitación entre la luz, se quede y me acompañe.

Y los límites, como los antifaces, para otros/as, gracias

Los taxis amarillos.

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Viajamos desde Quito en un ‘carro’ azul oscuro. Era un 4×4 equipado, aparentemente nuevo y con un chófer que parecía saber lo que hacía (aunque nosotros no lo tuviésemos tan claro). Después de casi tres horas bajando las montañas, descendiendo 1.500 metros, apretando mucho los puños y arrugando la frente (como si con eso bastara para evitar posibles accidentes de tráfico, de tránsito, como dicen aquí), finalmente llegamos.

Llegamos a Santo Domingo de los Tsáchilas, ciudad con aspecto pintoresco.

Quería utilizar este adjetivo para que cada cual, libremente, interprete pintoresco como quiera; ya que así es esta ciudad: una simbiosis de interpretaciones infinitas.

Si cabe, en esta ocasión, estoy dispuesta a daros mi punto de vista.

Mi ciudad ecuatoriana es única. Por su ubicación geográfica y su diversidad de cultivos, en ella se juntan numerosas familias procedentes de diferentes lugares, de la costa, de la montaña, colombianos (algunos de ellos exiliados políticos), peruanos, lojanos, guayaquileños, quiteños, etc. Una encrucijada demográfica, que de forma espontánea, un día se convirtió en ciudad. En la actualidad, casi sesenta años después de su creación, en una de las ciudades más pobladas del Ecuador.

La ciudad de los ‘taxis amarillos’: medio de transporte por excelencia.

Donde la gente conduce temerariamente, donde hay puestos de comida en cualquier acera, en cualquier esquina. Donde todavía existen calles sin asfaltar, donde los perros no se cansan de ladrar, donde no hay un plan “b” hay un “plan c”. Donde no hay prensa rosa hay “Zona Rosa” (zona de fiesta, también llamada aquí como zona de farrear). Un lugar donde los indígenas autóctonos, la comunidad Tsáchila, son respetados y venerados como símbolo de identidad. Donde priman los ceviches, el menestrón (especie de cocido hecho con legumbres y pasta), la fritada (a base de costillas de chancho, lo que nosotros llamamos cerdo). Donde “la cuchara” no es un utensilio culinario, si no un lugar escampado entre edificios para reunirse y tomar unos tragos.  Donde a pesar de tener casi medio millón de habitantes, solo existe un centro comercial. Donde el punto más alto de la ciudad, llamado el Bombolí, con una vistas impactantes, está coronado de antenas.

Hace un mes era martes, hoy en miércoles. Un mes aquí, y te diré algo que debes saber: hay ‘carros’ amarillos por todas partes. Ellos son sus aliados, recuérdalo 😉

La bandera tricolor.

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A falta de unas horas de cerrar la maleta.

A falta de un email que detalle nuestra llegada a Quito.

A falta de un viaje que cruce el océano Atlántico.

A falta de un milagro que haga desaparecer las miles de culebrillas que corren por mi estómago. Podré decir que me encuentro por fin en el país de la bandera tricolor. Allí voy, a Ecuador.

Aquí no vale el “venga usted mañana” porque mañana ya es el día. Y estoy emocionada. Después de todos los preparativos, de sueños atormentados a media noche en los que ya creía que me encontraba allí; creo que ha llegado la hora… y quiero irme ya. Me quedan tantas cosas que descubrir por allí, que estoy ansiosa. Me espera la tricolor. Y sé que esta impaciencia se debe a este sentimiento de bienestar que brota dentro debido a una rotunda satisfacción personal hacia las personas que dejo aquí.

Mañana cuando mire atrás, estaré profundamente agradecida a los momentos vividos con vosotros a lo largo de estas últimas semanas en la Meseta Castellana. Existe una plenitud, un verdadero placer que me provoca estar orgullosa de las personas que habéis estado conmigo y me habéis dado este cúmulo de fuerzas y energía, que hoy me impulsa a querer viajar con toda la confianza posible.

Se dice que los colores nos proporcionan diferentes estímulos y sensaciones vitales que alteran de una manera u otra nuestras mente, percepciones, estados de ánimo, etc. Yo, en este caso me quedo con tres colores. Un conjunto de tres elementos que crea un equilibrio perfecto y que me llevo como bandera a esta aventura. Un triangulo basado en tres pilares que hacen que sea tal y como soy…

Mi particular bandera tricolor, que mañana me llevo a Ecuador, está formada por: ROJO (el amor), AZUL (la amistad) y AMARILLO (la familia).

Allí nos vemos compañeros/as, MUCHAS GRACIAS.